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Gata Flora [09]

Marzo 16, 2009 · 7 comentarios

tapa09homeEsta vez se hizo un poco larga la espera, pero el nuevo número de la revista Gata Flora ya está en las calles. En su novena edición [marzo-mayo, 120 páginas], dedica su portada a la [actriz y] cineasta Sofia Coppola [Las vírgenes suicidas, Lost in translation, Maria Antonieta]. A continuación, el texto completo que escribí para la ocasión. Para quien lo prefiera, la versión en pdf.

Cenas machas

Uno o dos viernes al mes, un grupo de argentinos varones –en promedio treintañeros– nos juntamos a cenar en Manhattan. La cita es a eso de las ocho de la noche, en un restaurante vietnamita en el corazón de Chinatown, el Nha Trang, en el 87 de la calle Baxter. Dentro del grupo –formado hace unos tres o cuatro años– hay al menos media docena de arquitectos, un par de diseñadores gráficos, un escenógrafo, un economista y dos sociólogos. Además de ser la más reciente incorporación, creo ser uno de los últimos en haber llegado a Nueva York.

Debo admitirlo, colegas cenadores (así, con c de cenar), dudé un poco cuando fui invitado por el más veterano de los sociólogos. Es que me había dicho que era “un grupo de argentinos, la mayoría arquitectos”. Y figúrense. Uno –que es tan malpensado– no podía imaginar otra cosa que una peña de autoexiliados nostálgicos, con camisas cuadrillé, pantalones pinzados en la gama del beige, botitas de gamuza, marcadores de punta microfina asomados desde el bolsillo frontal de la camisa y una cinta métrica metálica sujeta al cinturón, de esas que tienen un botoncito para auto-enroscarse y volver a la posición original.

Pero también me había dicho, es cierto, que los arquitectos –que esos arquitectos– eran un “cago de risa”, así que fui. Y no resultaron ser la especie de compatriotas que uno preferiría evitar a la distancia, de los que ya hablaremos, pero en otra ocasión. Ni unos nostálgicos de la yerba mate y el dulce de leche. A decir verdad, es improbable que alguien pueda extrañar el mate o los alfajores a esta altura de la historia y en Nueva York, donde hasta el más haragán y distraído consigue dulce de batata, amargo serrano o blancaflor para hacerse tortafritas, haciéndose apenas una escapada a Queens, lo que no debería tomarle mucho más de una hora en subte desde el punto más distante de la ciudad.

Sigamos con estos machos argentinos, como algún día comenzaron a llamarse a sí mismos, sin la menor pretensión machista ni con el propósito de ensalzar al retrógrado personaje creado por el monocromático Coco Silly (recordemos que –para bien o para mal– la mayoría ya fue re-educada en la corrección política de la cotidanidad neoyorquina). Los encuentros devienen, entonces, en las típicas cenas de solo-varones que la muchachada argentina acostumbra a tener entresemana, por lo general cuando cruza la barrera de los veintipocos: con los del colegio, con los del club, los del barrio o los del fútbol.

Es exactamente igual: el mismo ritual, los mismos temas de conversación, las mismas cargadas. Solo difieren los recuerdos. Porque eso sí que cambia. Cada grupo tiene los suyos, los que a partir de circunstancias y momentos compartidos dan forma al relato de su propia historia. Las típicas anécdotas o chistes que en cualquier otro contexto no tienen la menor gracia –una razón por demás válida que ahora mismo me exime de dar un buen ejemplo.

También tengo que decir –y que admitirlo– que prefería que nos encontrásemos en alguna parrilla, a comer asado. Incluso me animé a insinuarlo cuando gané un poco de confianza. Pero recibí una rotunda negativa como respuesta: porque el Nha Trang es la sede de la embajada macha, y eso es algo que ya (casi) no se discute. Una de las explicaciones –y que nutre al mito fundacional del grupo– es que el vietnamita sirvió de refugio y palió el hambre de uno de los machos de la primera hora, adonde fue a parar directo cuando abandonó su San Juan natal, hace ya una década y sin haber probado nunca antes los sabores de la cocina del margen oriental de la península indochina.

En aquel tiempo, recuerda el decano sanjuanino, el local largo y finito de la calle Baxter tenía todas sus paredes y columnas revestidas en madera y espejos de modesta calidad: un metro de madera a partir del zócalo, un metro y medio de espejos a continuación y otro medio metro de madera hasta llegar al techo. Y muchas luces, de las dicroicas y embutidas en el techo, multiplicadas hasta el infinito por el juego interminable paredes y columnas espejadas. Los pisos de cerámicos blancos, clásicas sillas de madera (dignas de un viejo bar porteño) y mesas enteramente cubiertas por manteles satinados, coronadas por una plancha de vidrio.

En una época, cuenta siempre Charly, el Nha Trang estuvo cerrado por reformas. Sin embargo, cuando reabrió sus puertas, el interior del local estaba exactamente igual que antes: los mismos revestimientos, pisos, mesas, sillas, las mismas luces e idéntica mantelería, solo que todo renovado: “Lo único que hicieron fue reemplazarlo todo por una versión nueva de lo que ya tenían”, remata cada vez que relata la historia el rubio arquitecto, iluminado por el brillo berreta de la entrañable sede macha.

Además, la elección del vietnamita se explica a partir sus precios, calidad, ubicación conveniente y el hecho casi innegociable de comer en una mesa redonda; una conjunción imposible para cualquiera de las diez o doce parrillas argentinas que debe haber en los cinco condados. En lugar de tira de asado, vacío, chorizos, chinchulines, molleja y riñones, entonces, nos desquitamos y compartimos las delicias de la casa: todas creadas a partir de una combinación infinita de grupos de tres sílabas, casi todas inertes en el universo de nuestro habla, como pho, bac, tom, tai, chin, xao, nam, vang, ga, tet, ot, ech.

Hace un instante, mientras terminaba el párrafo anterior, escuché la campanita que me anuncia la llegada de un nuevo mensaje de correo. El de uno de los machos, que anuncia que mañana a las 9 y media de la mañana jura para convertirse en un estadounidense más. Un trámite que seguro le simplificará la vida en un montón de aspectos después de unos quince años en Nueva York, la ciudad que ya considera su casa. Hace algunas semanas nos decía que el triunfo de Obama lo alegraba de manera especial, porque le parecía que no era lo mismo hacer el juramento con este presidente que con el anterior.

Y hay otro macho ya nacionalizado, que hasta tuvo tiempo de votar en la última elección y vivió con especial emoción el día de la asunción de Obama. Así nos escribió aquella tarde, mientras disfrutaba de una de sus escapadas a Córdoba, otra de sus patrias: «Frente a una pequeña TV posada sobre una mesa con mantel bordado blanco, matando empanadas con una Pritty limón, sentí que me atragantaba de emoción cuando juraba el negro y me di cuenta de que ya era un americano… Sin dejar de lado mi acento sanabirón, le pregunté a un guaso sentado a mi lado qué pensaba del morocho. El vajo me dijo: ‘Vo sabé que lo negro somo todo lindo’».

No conozco en persona a todos esto buenos tipos que son los machos, porque varía el número de estables. Los más nuevos llegamos cuando algunos de sus mentores –los machos vitalicios, porque nunca se deja de serlo– ya habían abandonado esta ciudad. Sin embargo, en este lugar tan de paso, algunos ya eligieron quedarse para siempre. Y seguro que por esa razón, son los mismos que más hacen por la existencia y continuidad macha. Son los que llaman, los que convocan, organizan y nunca faltan. Los que después de algunas copas te abrazan y te dicen “porque vos no sabés cuánto espero yo que lleguen estos viernes”. Los que te dicen que tienen otros amigos y otras relaciones, pero que siempre necesitan de una dosis macha.

Categorías: Gata Flora · Nueva York · Personajes · Personal

7 respuestas hasta el momento ↓

  • maggie // Marzo 18, 2009 a 5:08 am

    Ojalá mi hermano me la traiga cuando venga de visita
    *entretanto* disfrutaremos (como siempre) de tu relato.

    saludos,

  • Malen // Marzo 18, 2009 a 7:07 am

    Como siempre, es un placer leerte. Es como si nos metieras dentro de una de esas cenas, a espiar otras vidas.

  • Catalina Palmer // Marzo 20, 2009 a 4:05 pm

    De las cosas que más me gusta hacer en la vida es echar carreta. Lo disfruto al máximo. Lo mejor es que lo hago todos los días en la librería o en la cantina.

    Un abrazote y que sigás disfrutando de tus noches de machotes.

  • Andrea // Marzo 22, 2009 a 12:44 pm

    que lindo escribis Matias, me gunta leer tus historias.
    Que bueno que los muchachos tengan esa constancia.
    saludos, Andrea

  • Julio Berazategui // Marzo 23, 2009 a 3:46 pm

    Excelente Matute senti reflejado nuestros encuentros algo alicaidos de los viernes.
    TE QUIERO MUCHO
    EL TULO

  • John Rojas // Marzo 23, 2009 a 7:11 pm

    Bueno… el arte de la ‘verborrea’ típico desfogue de los hombres sudacas… Delicioso por demás! en buena compañia. Fútbol, política local (y de nuestros países), profesión y par que negarlo… las minas (pa q no te alarmes Mati… jajaja) muy buena la descripción y mejor la peña, parece!!!

  • Vanis // Junio 7, 2009 a 12:42 am

    Hacía un tiempito que no entraba a tu blog Matías y como siempre me sucede es una gratísimo placer.
    Me encantó esta historia. :)
    salute.-

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