entretanto [ny]

El parque central

Noviembre 29, 2008 · 6 comentarios

A unos días de empezar a escribir un nuevo texto para Gata Flora, copio completo el que salió en el número ocho de la revista, que todavía pueden encontrar en las calles. Para quien lo prefiera, la versión en pdf.

El verano en Nueva York, por lo general, se despide mansito. Mansito, y no mancito, la simpática forma de un colega colombiano para referirse a un man chiquito. El calor te aplasta durante casi todo agosto, pero llega septiembre y listo: resulta que un día tenés que empezar a abrigarte un poco. “Medias y saquito”, dice un amigo, es la primera señal de que el verano se está terminando. Me preocupa muy poco. No me gusta el calor neoyorquino, húmedo y pegasoso, igualito al que algunos disfrutan y otros padecemos en Buenos Aires.

El último domingo de la temporada, habíamos planeado quedarnos en casa. Tenía que escribir lo que esta vez tendrá poco de crónica y daban Boca-Independiente, un partido que podía ver por la tele en directo. Hasta que llegó el mediodía. Afuera había un solazo y la temperatura alcanzaba los 32ºC –rarísimo para esta época del año–, con una sensación térmica de 37. Sensación térmica, ese índice fetiche de los argentinos que acá se lo conoce como RealFeel®, así, con esa erre envueltita que significa que alguien dice ser su dueño.

Sentí entonces algo de nostalgia anticipada, porque entre Buenos Aires y Lima ya le había robado unas cuantas semanas al verano de este año y temí arrepentirme dentro de unos meses, en medio de un invierno que nunca da tregua. Nos preparamos unos sándwiches y nos fuimos al Central Park. Combinación mediante, el subte que tomamos en la esquina de casa nos escupe en el vértice sudeste de ese inmenso parche verde en el centro de Manhattan. Justito en el vértice donde coincidían cuatro argentinas: dos veinteañeras, su madre y una tía, presumo.

Era fácil identificar su procedencia. No por el ese seudo instinto del que nos algunos jactamos en el exterior para identificar compatriotas, sino por el sello que una las más jóvenes lucía en sus nalgas: la mitad de las argentinas menores de 35 que vienen a de vacaciones a Nueva York llegan con el logo de la marca Rapsodia estampado en los bolsillos traseros de sus pantalones. Una especie de franqueo de migraciones para salir de Ezeiza. Hace más de una década serían los jeans bien ajustados, pero en los últimos años la mariposa bordada de Rapsodia se convirtió en el distintivo.

No puedo evitarlo. Cuando veo a dos o más argentinos fuera de Argentina me tienta mucho acercarme a ellos, de incógnito, para escuchar qué dicen, de qué hablan. En especial si se son turistas, no tanto si se trata de residentes. “¿Esto es el Central Park…? No me parece gran cosa”, se apuró a decir la que parecía mayor de las dos jóvenes, todavía sin haberse internado siquiera un metro dentro del parque. Todo lo que podía ver, desde ahí, era la verdosa espesura.

Entre las cosas que Buenos Aires podría permitirse envidiar y debería copiar de Nueva York son sus parques, con el Central Park a la cabeza. En el mismísimo epicentro de la economía mundial y uno de los mercados inmobiliarios más cotizados, nadie cuestiona que un rectángulo de 800 metros de ancho por 4 mil de largo esté destinado de manera exclusiva al uso público. Hace ya tres años, una consultora en bienes raíces estimó el valor inmobiliario del parque en cerca de 530 mil millones de dólares. Resulta impensable poner a la venta un solo milímetro cuadrado de esas 341 hectáreas.

Cualquier día de la semana y en cualquier época del año, uno puede internarse en ese mágico submundo y olvidarse de que está en el medio de Manhattan. Porque a diferencia de los bosques de Palermo, el Central Park está en el centro de la ciudad: sin contar los autobuses, quince líneas del sistema subterráneo lo acercan a uno hasta el perímetro del parque, o a tres cuadras en el peor de los casos. Aun así, cada borough tiene lo suyo: Brooklyn, el Prospect Park (tanto o más lindo que el Central Park, diseñado por los mismos arquitectos); Queens, el Flushing Meadows, de más de 500 hectáreas; y el más grande de todos en el noreste de El Bronx, el Pelham Bay Park.

Como si fuera poco, hay otros cientos de espacios públicos al aire libre para la dispersión: 54 piletas de natación, 550 canchas de tenis, 13 campos de golf, más de 800 centros para otras actividades deportivas y no sé cuántos kilómetros de playas. Los pocos sábados que estuve este verano en la ciudad jugué un toreno de fútbol en Williamsburg (Brooklyn), en una cancha pública en un estado que más de un club argentino de primera quisiera tener. De lo que se trata, entonces, es de los espacios públicos, del aprovechamiento y su explotación para el disfrute colectivo.

La primera vez que fui al Central Park fue hace poco más de dos años, cuando recién llegados nos invitaron a ver La Traviata, de Verdi. Una ópera a eso de las ocho de la noche en el medio del parque, para más de 30 mil personas y gratis, organizada por la Ópera del Metropolitan, en un intento de popularizar el género musical-dramático. Tanto como el espectáculo arriba del escenario, me sorprendió lo que pasaba abajo.

Unas cuantas horas antes de que empezara la obra, ya había miles que habían decidido hacer picnic durante la previa: manteles, platos y servilletas al tono, quesos, patés, frutas, sushi, tortas, cupcakes, jugos y buenos vinos servidos en copas de tallo largo. Traté de imaginar una foto desde arriba: se vería como un enorme acolchado de esos que se forman cosiendo pedazos de distintas telas entre sí. Hasta esa noche, nunca se me había ocurrido que un picnic podía convertirse en un ritual de semejante sofisticación. Otras veces, pero sin tanta parafernalia, tuvimos nuestros propios picnics en el Central Park.

Muchos menos masiva –por una cuestión de capacidad– es el New York Shakespeare Festival que se organiza cada año, casi siempre en el Teatro Delacorte, un anfiteatro abierto ubicado dentro del parque. Las entradas son gratis, pero para conseguirlas hay que hacer cola desde bien temprano en la mañana el mismo día de la función. El año pasado vimos El sueño de una noche de verano y, debo confesar, se me hizo casi imposible seguir el hilo, así que lo que más recuerdo es el calor que hacía esa noche de verano.

Entre las distintas variedades que uno asume cada vez que entra al Central Park, ya fui turista, espectador de obras teatrales y comensal de picnic. Hace algunas semanas, la muy recomendable revista New York se refirió a las principales sub-especies humanas que pueblan el parque, que al mismo tiempo presenta como las más controvertidas: los corredores, los ciclistas y los paseadores de perros. Cada grupo a su modo se cree con más derecho que los otros a hacer uso del parque. Y, por supuesto, cada cual tiene sus propios argumentos.

En ese contexto, el corredor aparece como el ser arrogante e individualista, concentrado solo en su cronómetro, en sus marcas y, también, en la música a todo volumen que puede que salga de su iPod. Por su parte, el ciclista es el negligente, el prepotente: se hace camino al andar y el exceso de velocidad es algo demasiado subjetivo como para tenerlo en cuenta. Y por último, el transgresor paseador de perros, que da rienda suelta en áreas y horarios no permitidos, para que el chucho corra errático y provoque accidentes.

Enfrentados entre sí, parece una analogía de lo que se dá entre taxistas, colectiveros y motoqueros en las calles de Buenos Aires. Se quejan, se insultan, se acusan unos a otros. Algunos, hasta se fueron a las manos. Tan así que las autoridades del parque esperan que todos empiecen a comportarse como adultos y que mejoren las relaciones entre sí. De lo contrario habrá que tomar algunas medidas drásticas, por ejemplo, el uso de barreras para limitar la velocidad. Algo que a nadie le gustaría.

Porque si empiezan con eso, quién sabe cómo puede terminar. ¡Uf! A ver si todavía hay que darle razón la argentina del jean Rapsodia.

Categorías: Crónicas · Gata Flora · Nueva York · Personal · Por la ciudad

6 respuestas hasta el momento ↓

  • Malen // Noviembre 30, 2008 a 5:11 am

    Me encanto el post! No tenia idea de todas esas facetas del Central Park, eso es lo que hace la diferencia entre un turista y una vision desde adentro. Saludos

  • Antonio // Noviembre 30, 2008 a 8:34 am

    Disfruté con su lectura. Aprovecho y te mando un abrazo

  • Pintina! // Noviembre 30, 2008 a 9:26 am

    Me encantó! Fue casi casi como estar ahí sintiendo la noche pegajosa de verano del viernes aquí en BA.

  • Srta. Lauro // Diciembre 1, 2008 a 10:56 am

    Que lindo el Central Park!!! Fui turista pero no me pusieron el sello ese, che! Y lo recorrí en bici que te alquilan unos rusos ahi en Colombus Circle. Qué ciudad, mi dios, qué ganas de volver!

    Una cosa que me llamo mucho la atención fue el monumento a San Martín, me acuerdo que íbamos caminando con mis amigas y esa estatua ecuestre nos resulto familiar, qué gran sorpresa ver que era un regalo de Bs As a la ciudad de NY, encima esta en un lugar muy lindo, no en un rinconcete cualquiera.

  • nieves // Diciembre 1, 2008 a 3:23 pm

    muy bueno!! de NY me gusta casi todo, hasta el calor… íbamos caminando por una tardecita ya fría de marzo con un amigo y de repente vimos la estatua de San Martín, lo cual nos emocionó mucho y nos quedamos un ratito en silencio, también leímos en esa placa que tiene debajo, que está allí desde la década del ‘50, en plena Argentina peronista se erigía una estatua de San Martín en NY, es muy loco no?? gracias por traerme ese buen recuerdo a la memoria!

  • Matías Maciel // Diciembre 7, 2008 a 9:33 pm

    Creo que descubrí la estatua de San Martín en la primera excursión al Central Park. Tiene una gran ubicación y está enfrentada a otro de los grandes libertadores de América, Simón Bolívar.

    Gracias por los comentarios.

Dejar un comentario