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Gata Flora [08]

Octubre 2, 2008 · 6 comentarios

A partir de hoy está en las calles el número 8 de Gata Flora, así que de a poco llegará a los kioscos de todo el país. Esta vez, la tapa está dedicada a Susan Sontag, la novelista neoyorquina del gran mechón blanco que nace justo arriba de su frente. Por mi parte, escribí sobre el fin del verano en Nueva York. A continuación, copio los primeros párrafos.

El parque central

El verano en Nueva York, por lo general, se despide mansito. Mansito, y no mancito, la simpática forma de un colega colombiano para referirse a un man chiquito. El calor te aplasta durante casi todo agosto, pero llega septiembre y listo: resulta que un día tenés que empezar a abrigarte un poco. “Medias y saquito”, dice un amigo, es la primera señal de que el verano se está terminando. Me preocupa muy poco. No me gusta el calor neoyorquino, húmedo y pegasoso, igualito al que algunos disfrutan y otros padecemos en Buenos Aires.

El último domingo de la temporada, habíamos planeado quedarnos en casa. Tenía que escribir lo que esta vez tendrá poco de crónica y daban Boca-Independiente, un partido que podía ver por la tele en directo. Hasta que llegó el mediodía. Afuera había un solazo y la temperatura alcanzaba los 32ºC –rarísimo para esta época del año–, con una sensación térmica de 37. La sensación térmica, ese índice fetiche de los argentinos que acá se lo conoce como RealFeel®, así, con esa erre envueltita que significa que alguien dice ser su dueño.

Sentí entonces algo de nostalgia anticipada, porque entre Buenos Aires y Lima ya le había robado unas cuantas semanas al verano de este año y temí arrepentirme dentro de unos meses, en medio de un invierno que nunca da tregua. Nos preparamos unos sándwiches y nos fuimos al Central Park. Combinación mediante, el subte que tomamos en la esquina de casa nos escupe en el vértice sudeste de ese inmenso parche verde en el centro de Manhattan. Justito en el vértice donde coincidían cuatro argentinas: dos veinteañeras, su madre y una tía, presumo.

Era fácil identificar su procedencia. No por el seudo-instinto del que algunos nos jactamos en el exterior para identificar compatriotas, sino por el sello que una las más jóvenes lucía en sus nalgas: la mitad de las argentinas menores de 35 que vienen a de vacaciones a Nueva York llegan con el logo de la marca Rapsodia estampado en los bolsillos traseros de sus pantalones. Una especie de franqueo de migraciones para salir de Ezeiza. Hace más de una década serían los jeans bien ajustados, pero en los últimos años la mariposa bordada de Rapsodia se convirtió en el distintivo.

En algunas semanas, el texto completo.

Categorías: Gata Flora · Nueva York · Por la ciudad · Vida cotidiana

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