El día sábado que partí de Nueva York, llegué al aeropuerto [JFK] bastante más tarde de lo que hubiera querido, apenas noventa minutos antes de la partida del vuelo que me llevaría a San Pablo y, desde allí, a Buenos Aires. Pero era previsible, porque Fer había viajado una semana antes así que yo terminé con todo a las corridas.
Al final, no hubo riesgo de que perdiera el vuelo, porque el despegue fue recién cinco horas y media más tarde de lo programado, por cuestiones meteorológicas. Lo que me preocupaba era que llegaría tarde para tomar el avión a Buenos Aires y, peor todavía, no quería ni imaginar lo que podía pasar con mis valijas.
Tuve suerte cuando llegué a San Pablo, porque el vuelo a Buenos Aires estaba también demorado y los empleados de la línea aérea me aseguraron que no habría problemas con mi equipaje, que iría en el mismo avión que yo.
Ya en Ezeiza, mientras hacía la cola en Migraciones, seguía preocupado por mis valijas –una de ellas sin candados–, cuando escucho que alguien que parecía trabajar en el aeropuerto le dice a otro que vestía el mismo uniforme: “Tuvimos una filtración… nos hicimos una valija. El tema es que es un avión grande, andá a saber de quién es…”.
Recién respiré aliviado cuando encontré todo mi equipaje. A menos que “filtración” tuviera una connotación muy particular en la jerga de la aeronavegación comercial, entendí que los muchachos se habían afanado una valija.










![entretanto [ny]](http://feeds.feedburner.com/wordpress/wHHp.1.gif)