El último texto que escribí para Gata Flora fue, de alguna manera, en homenaje a mi hermana María, que había estado de visita algunas semanas a mediados de noviembre. Hoy, como es su cumpleaños, me parece una buena oportunidad para copiar acá el artículo completo. Y Mari, que los cumplas muy feliz.
Vengan cuando quieran
Las circunstancias quisieron que dejáramos Buenos Aires más o menos al mismo tiempo. Eso en particular más un sinnúmero de intereses y visiones en común, siento que ayudan a explicarme un poco que Agustín Frizzera sea el único amigo con el que hablo por teléfono con cierta regularidad (para todos los demás, existe Internet). Aquél en Barcelona y este otro en Nueva York, coincidimos en que compartir la nostalgia ayuda a que la distancia se nos vuelva menos ardua, así que en eso estábamos hace algunos días cuando a poco de despedirnos Agustín –ese ciudadano al que ustedes pueden encontrar en otras páginas gataflorescas– quiso disculparse por la “molestia” de haber recomendado a un amigote que se pusiera en contacto con nosotros si en algún momento se hacía una escapada a esta ciudad.
El visitante en cuestión, un catalán veinteañero al que llamaremos Josep, había cruzado el Atlántico para cursar un semestre en la Universidad de Cornell, en el norte del estado de Nueva York. Con Fernanda tenemos una especie de acuerdo tácito que consiste en hospedar en casa –por un tiempo razonable– a casi cualquier desconocido de segundo grado, esto es, que entre él y nosotros haya al menos un amigo en común (recuerdo ahora cuando un amigo mexicano me pidió que le cuidara a un chavito amigo que acababa de fugarse de una granja de rehabilitación a la que lo habían enviado sus padres desde México DF. El chavo en cuestión estuvo casi dos meses refugiado en nuestra casa de Buenos Aires). Pero como les decía, en tal esquema, Josep cumplía los requisitos, así que le respondí a Agustín que le dijera al catalán que podía escribirnos para quedarse en casa cuando lo deseara. Por otra parte, sería el quinto en llegar por intermedio de algún amigo desde que estamos en Nueva York.
Su estadía, a mediados de octubre, coincidió con días de bastante trabajo para nosotros y apenas pudimos compartir un par de cenas aquella semana, pero reordenamos algunos muebles para que Josep tuviera su propio espacio y lo alentamos a que se sintiera como en su propia casa. Y vaya si lo hizo. Tanto que se comportó como si Fernanda y yo fuésemos sus propios padres con la obligación de mantenerlo y alimentarlo. Muy bueno el tipo, justo es decirlo, pero al mismo tiempo un borrego inmaduro y malcriado al que nunca se le ocurrió siquiera compensar de algún modo nuestra desinteresada hospitalidad, tanto como el galón de leche, las libras de yogur con cereales, las tostadas con mermeladas y las frutas que desayunó aquella semana. Ni hablar de las cervezas vespertinas.
Me lo banqué hasta la última mañana, cuando ya no pude ni quise disimularlo. Él acababa de de armar su valija y se dirigió a la heladera diciendo que se prepararía “algo para desayunar”. Y ahí nomás se lo eché en cara, sin dramatismo ni malas maneras: “Se me ocurre que no habría estado mal que contribuyeras al menos con un litro de leche”. El comentario lo tomó por absoluta sorpresa y apenas reaccionó soltando la puerta de la heladera. “Hombre, es cierto, y la verdad que con esto ahora se me ha ido por completo el apetito”, contestó segundos después. “La próxima vez… la próxima vez les traeré una caja llena de yougur”, añadió enseguida y yo sentí que con eso había terminado por irse al carajo. Estuve a punto de decirle que no, que no habría una próxima vez y que si tenía algo de vergüenza todavía estaba a tiempo para hacerse una escapada al mercado que está a la vuelta de casa, pero no, no le dije nada, y Josep no hizo siquiera un amague de eso.
Pero dejando ya la experiencia con Josep a un lado (que tampoco fue para tanto, Agus, que ya te lo dije), imaginarán ustedes que somos de los que disfrutamos mucho la visita de familiares y amigos, incluso cuando casi se nos haya convertido ya una verdadera rutina: en los primeros 18 meses hemos tenido 21 huéspedes (o 23 si contamos que dos ellos han reincidido), algo que jamás imaginamos antes de partir de Buenos Aires, cuando dijimos a todos que se sintieran invitados a visitarnos cuando lo desearan y pudieran. “Muchos van a decirles que irán y después no va nadie”, nos advertían sin mala leche quienes ya habían vivido a la distancia… aunque no en Nueva York.
Ciudad global si las hay, su especial magnetismo hizo que varios –aprovechando nuestra presencia– desviaran sus vuelos o forzaran una escala para pasar algunos días en esta singular urbe. Alguno accedió, incluso, a modificar su calendario porque sus planes se superponían con los de algún otro que había levantado la mano antes. Pero lo mejor de todo es –al fin y al cabo– que los visitantes lo ayudan a uno a conocer la ciudad mejor todavía, a redescubrirla con cada nueva excursión y, en especial, a sacudirnos la cómoda y traicionera tentación de sentirnos acostumbrados a casi todo. Y así, de pronto, los particulares intereses de cada quien terminan por arrastrarlo a uno en nuevas direcciones y a poner atención en aspectos hasta entonces inadvertidos.
Aunque ahora mismo, mientras tecleo estas líneas, me doy cuenta de que en realidad hay algo mejor que el redescubrimiento de la ciudad, que es compartirla con seres queridos, y con esto vuelvo a lo del principio, por eso de hacer menos dura la distancia. Para el caso, el Colo fue el primer gran amigo que llegó en mi auxilio, si se me permite la exageración, pero es que habían pasado ya ocho meses de charlas demasiado correctitas, de humor descafeinado y de cervezas sin tomar. Con la excusa de un viaje relámpago por trabajo a Washington, se acomodó los horarios para darse a la fuga cuanto antes de la capital del país y quedarse unos diez días en casa.
Por supuesto, también yo procuré amontonar mis entrevistas y clases de español en un par de mañanas con el propósito de aprovechar mejor el tiempo libre y honrar su presencia. “No será la primera ni la última vez que voy a estar en Nueva York, así que me interesa menos conocer cosas nuevas que pasar juntos todo el tiempo que podamos”, me mintió de manera descarada, recién llegado y todavía en el aeropuerto de La Guardia. Claro que lo sentía, pero tan generoso es el Colo que me lo decía porque intuía cuánto echaría de menos a los viejos amigos. Solo tuve que putearlo cuando confesó que había olvidado unos havannets en una escala que hizo en Miami.
Parecido y diferente fue lo de Emiliano, un amigo del barrio que ahora resulta ser también colega. Periodista deportivo, había sido enviado a Canadá para cubrir el mundial juvenil y quería aprovechar la oportunidad de hacer pie en una ciudad bastante esquiva en su ir y venir por el mundo detrás de una pelota de fútbol. Caminamos kilómetros y kilómetros bajo el inclemente sol de julio, pero fueron las charlas de la medianoche en la terraza lo que más recuerdo de su visita. El rito empezó, me parece, después de la primera cena. A Emiliano se le dio por salir a fumar un pucho, así que subimos a la terraza con un par de cervezas, brindamos con la vista puesta en las luces de Manhattan y después no pudimos menos que repetirlo cada noche de su estadía. Entre trago y trago, volvimos a repetirnos las anécdotas de siempre (quién no lo haría), pero disfruté todavía más la emoción con la que este amigo me habló de Joaquín, Valentín, la benjamina en camino y la milagrosa experiencia de la paternidad.
También estuvieron Bárbara y Janina, dos simpáticas amigas alemanas con tanto glamour que parecían salidas de Sex and the city; Gonzalo y Cecilia, amigos que huyeron del verano porteño y fueron testigos de las primeras nieves de un invierno ajeno; Luciana, que de tantas veces que había estado en la ciudad nos mostró tantas cosas nuevas como nosotros a ella; Miguel y Fernanda, el hermano de Fer y su mujer, a quienes Queens les resultó de gran estímulo para concebir al que será su primer vástago; Tito, con quien batimos la marca de kilómetros y barrios caminados en apenas 48 horas; los padres de Fer, que tuvieron la bondad de llegar justo para que pudiera festejar mi cumpleaños en familia. Y resulta que un día, a mediados de noviembre llegó María, mi hermana siete años menor, con quien no había compartido mucho tiempo casi desde que dejé la casa de mis viejos, cuando ella era todavía mi hermanita. Hará casi una década de aquello.
El reencuentro fue en el aeropuerto JFK, a solas, y la encontré tan cambiada que me llevó varios días familiarizarme con su nueva imagen. Les confieso que me tienta comenzar ahora mismo una larga lista de sus virtudes, pero no quiero aburrir y, en todo caso, es una tarea que prefiero dejársela a mi madre. Pronto, sin embargo, sentí que se me había presentado una gran oportunidad para renovar una relación que siempre había sido muy buena, pero que se había quedado en eso de “hermano mayor y hermana menor”. Una oportunidad que, estoy seguro, no hubiera sido posible en Buenos Aires; y tampoco sin Fernanda, quien tuvo el buen tino de recomendarme que saliéramos a solas con María. Así fue que dedicamos buena parte de los días a caminar juntos por toda la ciudad, sin rumbos fijos, hablándonos, escuchándonos y volviéndonos más hermanos.
El redescubrimiento de mi hermana, como verán, es otra deuda que mantendré –para siempre– con Nueva York.




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16 respuestas hasta el momento ↓
Rosario // Febrero 27, 2008 a 8:55 am
FELIZ CUMPLEAñOS MARI!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Nada como una hermana!!!!! Qué lindo lo que escribiste sobre ella… seguro le encantó!
Che, ese tipo, insisto, es tremendo!!!!!
Ana // Febrero 27, 2008 a 8:56 am
Qué lindo texto Mati!
Cada vez me caen mejor Fer y vos!!! Y desde hace casi un año, cuando pienso en NY, no dejo de pensar en ustedes dos… qué cosa este mundo blogueril, no?
besos
Eugenia // Febrero 27, 2008 a 10:10 am
Me mató el pibe pero sobre todo me gusto el relato!
Es posible que te cite en mi blog porque estoy escribiendo un poco sobre eso.
En caso de hacerlo, te aviso y va con referencias.
antonio lobo // Febrero 27, 2008 a 11:13 am
Notable el texto y por fin me entero del final de la historia del catalán, en el post anterior se cortaba en lo mejor.
Por cierto recibiste el e-mail, me preocupó que no llegara el primero.
“NY da más que quita”, reflexión tras un almuerzo ligero.
The Daily DG // Febrero 27, 2008 a 12:10 pm
¡Feliz cumple, Mari!
Zeke' // Febrero 27, 2008 a 1:28 pm
Se me puso la piel de gallina (el ave, no el hincha) al leer este texto, no sé por qué, supongo que debe ser el hecho de estar en hemisferios opuestos y de haber sentido muy cercanas cada una de tus palabras. Me detuve a pensar en cada punto aparte en que habría sido mejor si la distancia (siempre ajena) que hubo entre nosotros hubiera sido directamente proporcional a la cantidad de glóbulos rojos que compartimos, pero bueno, me consuela el hecho de saber que esa distancia siempre fue física y nada más, porque el cariño que me despiertan vos y tus hermanos va a ser el mismo, a los 6 años o a los 24.
Aprovecho para mandarle a Mari mi “Feliz Cumple” a través tuyo, ya le mandé un mail, pero sé que los lee una vez por mes más o menos.
Una pregunta, si un día caigo por NY ¿llevo leche descremada o entera?
Saludos y buenavida para Fer y para vos.
Zeke’ (zeke primo)
Curda Floja // Febrero 27, 2008 a 2:09 pm
¿Por qué sera que los hermanos mayores le seguimos diciendo hermanITAS a nuestras hermanas menores aunque ya sean abuelas?
Feliz Cumple Mari!
Vero // Febrero 27, 2008 a 3:07 pm
Mati
Qué lindo post!!! Me emocionaste y bien la cuota que siempre aporta Fer!
Los extraño!
Fer // Febrero 27, 2008 a 6:44 pm
¡Feliz cumple, Mari!!!
Curda: yo soy hermanA mayor. Y a dos de mis tres hermanos menores hasta hace poco les decía “mis hermanitos, los melli”.
Ignacio Maciel // Febrero 28, 2008 a 8:48 am
Me sumo al saludo, y te felicito por tus palabras. Feliz cumple primita. Nacho
Alicia // Febrero 28, 2008 a 8:53 am
Yo a mi hermano menor (22 años, 1,88 de altura, 90 kilos) le sigo diciendo “criatura”. Muy lindo texto. Besos.
juan miguel // Febrero 28, 2008 a 12:01 pm
Feliz cumpleaños Mari.- Saludos, y nos cruzamos por Morón.- (ponele correa al perro)
Marta // Marzo 1, 2008 a 3:01 pm
Qué linda esta nota, Mati. Nuevamente gracias!!! La vuelvo a leer y me sigo emocionando… y ahora también por las palabras de Zeque. Y yo también te quiero Zeque…
Besos
maresdelsur // Marzo 2, 2008 a 4:39 am
Brillante el post, centrado, humano. Con respecto a Frizzera… no le mientas, yo a ese pibe lo sacaba del traste :)
Milonga // Marzo 4, 2008 a 8:35 pm
Estamos en las mismas, las visitas se cuelan en mi casa muy a menudo, tan a menudo que los amigos nos llaman “El Hotel de Queens”, claro que ellos no saben de los 21 (23) de ustedes :P
gabita39 // Abril 2, 2008 a 6:29 pm
qué loco todo esto, de casualidad y amante como soy de NY, en este día feriado de Buenos Aires, me metí en este blog por las fotos de la city y me entero que se habla de mi primito del alma.
Agus!! te extrañamos :)