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Gata Flora [04]

Noviembre 7, 2007 · 20 comentarios

tapagataflora04.jpgA partir de mañana estará en las calles el cuarto número de Gata Flora, esta vez con Victoria Ocampo en su portada. Una de las novedades de esta edición es la incorporación de una nueva sección, El ciudadano, que escribirá mi gran amigo Agustín Frizzera, un porteño que vive desde hace unos años en Barcelona [pero que más temprano que tarde regresará a Buenos Aires, ya verán]. A continuación, los primeros párrafos del texto que escribí para la ocasión.

Tremendo porteño en Manhattan

Ya estaba camino a Manhattan cuando me avisaron que la entrevista volvía a cancelarse, lo que me dejaba un hueco de casi dos horas hasta mi siguiente compromiso. De muy mal humor, solté una puteada en argentino y me acerqué al mapa del subte para redefinir el recorrido. “¿Para dónde vas, flaco?”, me apuró, pícaro, un anciano que había cazado al vuelo la carga genética del insulto.“Tengo que ir a Lower East Side”, respondí indiferente y aún irritado; lo mejor sería sentarme a trabajar en algún café, pensé. Mientras dudaba, noté que el viejo todavía me observaba, risueño, e intuí que su cortesía tan sólo disimulaba su verdadera intención, la de presentarse como porteño. No solo había elegido las palabras y el tono, sino también el lenguaje corporal; apenas inclinado hacia delante, llevó su mano izquierda al costado derecho de su boca para hablarme, “¿para dónde vas, flaco?”.

Faltaban tres estaciones para llegar a Grand Central y el hombre me había caído simpático, así que le devolví la gentileza. “Y usted, ¿viene de hacer los mandados?”, lo interrogué cuando advertí que en su bolsa llevaba algo de carne. Y en efecto, como muchos otros argentinos, Horacio Sergio Degatica hacía una excursión a Queens cada vez que se le despertaba el apetito por algunos de nuestros productos nacionales típicos. “Sí, fui a comprar milanesas, yerba, tapas para empanadas, miel y dulce de batata”, me dice; y se justifica: “Más no puedo cargar porque tengo los cartílagos rotos, ya no soy un pibe”. No, claro, tiene 88 años y llegó a Nueva York en 1956, cuando tenía 36; por eso hago la cuenta y me río de buena gana cuando me dice que él es “de Cabildo y Monroe de toda la vida”. Lleva más de cincuenta años en Nueva York, pero insiste con que es un “tremendo porteño de toda la vida”, o mejor dicho, “tremennndo porteño”, estirando la ene.

En Grand Central cambiamos juntos a la línea 6, en dirección al sur de Manhattan. Aunque podría haberme despedido, empezaba a disfrutar la charla y pronto me di cuenta cómo llenaría el bache dejado por la entrevista postergada. Horacio había llegado a Nueva York cuando eran pocos los argentinos que se animaban a semejante viaje y eso me intrigaba mucho. “Mi padre era operador de cine, pero operador matriculado, ¿me entendés? Por eso yo crecí viendo películas norteamericanas y alemanas, me lavé el cerebro”, exagera. “Después empecé a trabajar yo también, tenía matrícula de electricista de tercera categoría para trabajar en cine y teatro. Era una época tremennnda, veía tres películas a la tarde y tres a la noche, durante diez años, así que imaginate. Yo soñaba con ser actor, pibe, por eso vine a Norteamérica, porque yo quería ser artista de cine”, me revela con una mueca de nostalgia desde su metro y cincuenta y seis de altura.

Y sigue en la revista.

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