Esta semana entregué el artículo sobre cafés de Nueva York que se publicará en el segundo número de Gata Flora. Cuando la revista salga a la calle, publicaré acá un adelanto del texto. Sin embargo, todavía está en la calle el primer número de la revista, donde escribí sobre Queens. Los que siguen, son los primeros párrafos.
Elogio de Queens
Antes de llegar, para qué mentir, no tenía idea de la configuración topográfica de Nueva York. Quiero decir, solo sabía que Manhattan era una y podía ubicarla de memoria en un planisferio. De manera algo confusa, también estaba al tanto de que la ciudad está conformada por un puñado de distritos (aquí boroughs), entre los que podía citar Brooklyn, Bronx, Queens y, por supuesto, Manhattan. Me faltaba Staten Island, por ejemplo, una isla todavía más pequeña al sur de Wall Street a la que se llega con un ferry que parte cada media hora.
Encontré Nueva York como me la imaginaba: imponente, vibrante, bohemia, singular, rítmica, moderna, glamourosa, libre, estimulante, enigmática, woodyallenesca, caótica, enérgica, amigable, fascinante. Pero, por sobre todo, cosmopolita. Vaya uno a saber desde cuándo, Nueva York es la ciudad cosmpolita por antonomasia. Y con razón, se trata del rasgo infaltable cada vez que alguien habla de la Gran Manzana. Puede aparecer al principio o al final de la descripción, pero siempre está.
Ahora bien -y a esto quería llegar, porque es lo nuevo para mí-, que Nueva York sea la ciudad con mayor diversidad étnica de los Estados Unidos se lo debe en gran medida a Queens. Porque allí vive gente de todo el mundo, y hasta las comunidades de los países más recónditos se han apropiado de un barrio, algunas cuadras o tan solo de una esquina, según su tamaño y antigüedad. [...]
El texto completo, acá.



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