Fue fácil y rápida, la mudanza, como preveíamos. Hasta podría decirse que la hicimos solos, si no fuera porque Neil –amigo y ex-vecino– me dio una mano con unas cajas muy pesadas antes de su partida. Por lo demás, ni siquiera tuvimos que vaciar muebles, fue solo cuestión de empujarlos unos cuantos metros de un departamento al otro, del 42 al 41. Empezamos el viernes a eso de las 7 y media de la tarde y terminamos antes de las 11 de la noche.
El sábado por la mañana, previo acuerdo sobre la división del trabajo, empezamos con la última etapa, la de instalación y organización los muebles y espacios. Disfruté tanto de la parte que tocó que mientras lo hacía sentí que le había hecho trampa a Fer. Mi tarea era armar una cama y dos bibliotecas que compramos hace poco más un de mes en IKEA, una cadena sueca donde se vende todo-todo lo necesario para equipar una casa.
Aunque las piezas de estos muebles eran bastante grandes, las instrucciones son claras y el armado no presenta dificultades. Nada apasionante, es cierto, pero había algo que me hacía sentir muy bien, que me relajaba y que me distraía de todo lo que tenía que hacer después, de cualquier trabajo o responsabilidad pendiente.
Era el olor de la madera. Enseguida imaginé que ya no estaba en el nuevo departamento, en Queens, sino en el taller que mi abuelo paterno, el carpintero, tenía en el fondo de su casa de Castelar. Hace mucho, tanto que ahora ni siquiera recuerdo el nombre de la calle. La verdad, como nuestras visitas eran los fines de semana, tampoco lo recuerdo mucho a él allí trabajando. Mucho más presentes, por el contrario, tengo a su taller cubierto de aserrín y a sus herramientas.
En algún tramo de los años 80, en las épocas de vacas muy flacas, mi viejo –que se da maña para hacer casi todo y que lo hace bien– también laburó de carpintero. El sábado, cuando terminé con la cama y las bibliotecas, con las manos con olor a madera y satisfecho por la labor cumplida, sentí ganas de que mi viejo estuviera en Nueva York para decirme qué le parecía.



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8 respuestas hasta el momento ↓
mauro29 // Junio 5, 2007 a 9:22 pm
Muy bueno! Tanto que a mi también me hiciste dar una vuelta por la casa de Don Pastor, y tampoco me puedo acordar del nombre de la calle. Y te juro que sino se me hubiese presentado como desafío lo sacaba enseguida y naturalmente. Pero ahora, se me está complicando como un pedazo de carne en la muela.
Voy a intentar acordarme antes de recurrir al escabadientes.
chili soup // Junio 5, 2007 a 10:24 pm
Vamos a tener que hablar con “El Pata” para que empiece a gestionar una visita.
rosariomarti // Junio 6, 2007 a 5:17 am
Ay que lindo, Mati! Me hiciste llorar al final! Viste que uno se cree que puede vivir en la otra punta del planeta y resulta que las cosas te agarran por sorpresa y asi sin mas te das cuenta de cuanto necesitas que tus papas esten mas cerca? Cuanto se extraña!!!
Que bueno que al final armaron las cosas de IKEA! Seguro Fer esta chocha! Y que copado que te divertiste y te resulto facil! Estoy segura de que ademas te quedo re prolijito!!! A ver si pones fotitos de la casita nueva, eh? Queremos ver como quedo el 41 !
A ver si lo invitas al Pata (y a Marta!) a que te digan como te quedo!!! Hagan como dice mi Papa cuando tiene que pagar algo caro “total lo paga Carlitos Visa” y –al menos mientras le da la tarjeta al que cobra– se cree que no lo esta pagando el!
Marta // Junio 6, 2007 a 11:21 am
Mati que orgulloso se va a poner Papi con este lindo recuerdo, si yo no puedo escribir porque no veo las letras, gracias!!! (tambien a Mauri por su comentario).
Si, Fer, tenes razón nos estamos extrañando todos.
Muuuuuuuuuchos besos
Los abrazo y los quiero muuuuuuchoooooo.
Marta
amorimás // Junio 6, 2007 a 5:04 pm
llegué aquí no sé como, volando por la red…
el de la foto resulta simpático y sus sentimientos no me son ajenos: alguna vez tuve un hermano en castelar, algunas veces armé casa, alguna vez estuve en new york, una ciudad que amo.
Eduardo // Junio 6, 2007 a 9:42 pm
La calle es Bruno de Zabala 1345.
Gracias por el recuerdo.
Me quedé sin palabras… ya pasaremos por NY. pero seguro que te quedó impecable (mami).
Besos.
Pablo // Junio 6, 2007 a 10:41 pm
Comparto absolutamente el placer de armar muebles, agujerear paredes y toda tarea bricolagística moderada (especialmente si hay madera involucrada). Cuando nos mudamos al departamento en que vivimos ahora tuve semanas de éxtasis en las que vivía con la caja de herramientas en la mano y finalmente encontré las excusas para comprarme un destornillador eléctrico, un juego nuevo de mechas para el taladro y un Dremel. Las ferreterías, y muy especialmente los Easy, son como megajugueterías descontroladas en las que no hay que pedirle permiso a los padres (aunque sí a Carlitos Visa…).
Cada vez que compramos algo que tiene cualquier cosa remotamente parecida a un tornillo abro la caja de herramientas como si fuera a reconstruir la instalación eléctrica de todo el edificio, y la paso bomba – obvio, además, que después pongo cara de gran maestre carpintero, aunque nadie me la crea.
uralita // Junio 7, 2007 a 12:06 am
que lindo post.
a mi me divierte armar los muebles de IKEA, casi como rompecabezas.
saludos desde brooklyn!