En una cosa ella tenía razón: que yo le había hecho perder tiempo. Lo admito, estaba en lo cierto. Pero ella no había sido mucho más considerada conmigo. Recién en medio de la entrevista me dijo que no solo debía hacerme cargo de los impuestos sino además que se trataba de una posición temporal, sin beneficios y que el salario mensual podía ser incluso menor de lo que me había dicho por teléfono.
El puesto a cubrir era el de “editor de noticias” de un conocido portal de noticias en español y –aunque ellos lo denominaban freelance– el candidato debía estar dispuesto a cumplir 40 horas semanales [8 de ellas durante el fin de semana], a trabajar desde su casa [y supongo que por eso hacerse cargo de los gastos de electricidad y conexión a internet, aunque el hecho de no tener que ir a una oficina era lo más atractivo] y a no colaborar en simultáneo para medios de la competencia directa. Fuera de eso, por supuesto, el elegido podía hacer lo que se le cantara [sí, un lujo].
Yo sabía que no prosperaría la propuesta. Lo supe cuando me dijo por teléfono de cuánto era el salario, pero igual decidí ir a la entrevista. Tenía la remota ilusión de que se hubiera confundido y no se tratara de una suma mensual sino quincenal o de que hubiera margen para negociar. No podía creer que pagaran lo que apenas me alcanzaría para pagar el alquiler del departamento [en Woodside, Queens] y la factura del triple play [cable, internet y teléfono].
Tan seguro estaba de que no aceptaría que hasta coqueteé con la descalificación como candidato: envié la prueba media hora más tarde de lo acordado y llegué a la cita con quince minutos de demora. Incluso dije media mentira para justificar mi retraso. Dije que me habían robado la funda y el casco de la moto esa mañana. Lo de la funda era cierto, pero no alcanzaba para excusarme así que dije que también se habían llevado el casco.
Me recibió Carina. No, mejor digamos que se llamaba Karina, con ka, como su nombre verdadero, que también podría ir con ce pero que se escribe con ka. Karina, entonces, que es colombiana, restó importancia a la tardanza y fuimos juntos hasta una sala de reuniones, donde había una mesa larga. Ni bien entramos me dijo que conocía a un amigo mío, argentino, también periodista en NY.
Fingí que no lo sabía, pero resulta que yo también la había googleado a ella. Ah, qué bien, respondí. Estuvimos juntos hace poco, en una cena de despedida de una amiga [también argentina, también periodista] que se volvió a Buenos Aires, dije con la intención de mantener el rumbo de la conversación que ella había propuesto. “Sí, a ella también la conozco. Y no me cae bien”, disparó indiscreta.
Como si no bastara, se atrevió a imitar a esta amiga con acento porteño, como si fuera a resultar gracioso. Antes de los tres minutos, Karina ya era favorita para convertirse en la abanderada del mal gusto en una entrevista de trabajo, lo que se supone una reunión formal.
Después de eso, hizo un recorrido por mi cv, me hizo algunas preguntas y luego pasó a hablarme del puesto a cubrir. Pensé que comenzaría por las tareas a cumplir o por los criterios de selección de contenidos, pero de pronto estábamos hablando del salario. Que era lo que me había dicho por teléfono y me confirmaba que era yo quien tenía que pagar los impuestos correspondientes. En suma, un esquema abusivo en un trabajo que –por la calidad de los contenidos– no le encontraba más incentivo que el de ganar dinero.
Le respondí que no trabajaría por lo que ofrecían y ahí fue cuando me dijo que le había hecho perder el tiempo, que habría sido mejor que se lo dijera antes. Bueno, quería escuchar en persona la propuesta. Soy periodista, curioso, y en definitiva me sirve para conocer la situación del mercado, contesté. Es posible que ahora quiera escribir algo al respecto, añadí, y su cara se transformó. Le preocupaba lo que yo pudiera escribir: Espero que seas objetivo y claro, dijo casi como un ruego.
Para entonces, la tensión se había adueñado del ambiente y ya no desaparecería. Los dos o tres minutos siguientes fueron un yo te dije y vos me dijiste sin sentido, hasta que Karina hizo su último intento: Deberías pensar que ahora se trata de una posición temporal, pero que en el futuro puede ser otra cosa más interesante. Me sorprendió mucho que pensara que podía interesarme esa eventual oportunidad: ¿Pero vos pensás que a mí me importa trabajar acá [en este lugar tan berreta, pensé pero no dije]?
Me contestó que ya no tenía sentido seguir hablando. Coincidí, y me acompañó hasta la puerta. Good bye, dijo ella. Adiós, le respondí. Ya en el ascensor, empecé a pensar en este texto y el propósito de ser “objetivo y claro”, a pedido de Karina.


Entre las promesas que Obama hizo durante la campaña, hubo una de índole doméstica. Les aseguró a sus hijas, Malia [10] y Sasha [7], que de llegar a la Casa Blanca les regalaría un cachorro como nueva mascota. Una vez electo, el propio Obama dijo que la elección del perro era un tema de debate familiar, que la mayor de sus hijas es alérgica y por eso el pichicho debería ser hipoalergénico. La tapa de la revista 















![entretanto [ny]](http://feeds.feedburner.com/wordpress/wHHp.1.gif)