Aunque con el tiempo nos hicimos amigos, para mí, Pepe Avigliani nunca dejó de ser mi maestro de periodismo. Se convirtió, desde que lo conocí, a principios de 1997, en una especie de voz de mi conciencia siempre que ejerzo como periodista. Por eso me cayó como un mazazo el mensaje de correo que recibí un mediodía de marzo de 2008.
Desde Buenos Aires, Emiliano Pinsón me reenviaba un intercambio que había tenido con nuestro amigo en común. “Hace casi cuatro años que contraje una enfermedad bastante perversa. Es tan jodida que su modo de avanzar consiste en quitarte fuerzas musculares de a poco. ¿Más claro? Es la enfermedad que mató al Negro Fontanarrosa”, decía Pepe en su mensaje.
Leí aquel correo en una escuela de El Bronx, donde acababa de hacer una entrevista. Desconsolado, apenas conseguí contener las lágrimas hasta que salí a la calle. Enseguida llamé a Fer, para hablarle de Pepe, a quien nunca tuve oportunidad de presentarle. Le hablé de la primera clase que tuve con él, de mis primeras notas, de sus primeras correcciones.
Le comenté también acerca de su pasión por el periodismo, por Boca, por Buenos Aires, por los amigos, por la buena mesa. De su forma de dar clases, de sus puteadas, de su respeto por los estudiantes, de su responsabilidad, de su vocación por formar periodistas. De su amor por Mora, su hija.
Además le hablé de su forma de hablar, de su alma noble, de su sentido del humor, de su curiosidad intelectual, de su saber callejero. Le conté, también, que lo había elegido para que me diera el diploma de periodista de TEA.
Sentí muchas ganas de ver a Pepe y a la vez tenía miedo de que ya no tuviéramos oportunidad de volver a encontrarnos. Al poco tiempo descubrí que había estrenado su blog, que –con la ayuda de una asistente– escribía bajo el seudónimo de Lord Wigan y comencé a seguirlo en silencio, como si así pudiera engañar a la muerte y llegar antes que ella a Buenos Aires para darle un abrazo.
Pasaron cuatro meses hasta que por fin me senté a escribirle, desde una de las salas donde once años antes tipeaba en viejas Olivetti. Le decía que estaba al tanto de esa puta enfermedad y para mí sería un gran gusto encontrarme con él antes de pegar la vuelta a Nueva York, a fines de aquel mes.
Recibí su respuesta apenas dos días después. Se disculpaba por esa demora y me explicaba que no me había respondido antes porque ya no podía hacerlo sin ayuda. Y seguía: “Bien, tu carta me emocionó mucho y me dieron muchas ganas de verte, muchas. Sólo, aunque te parezca una boludez, te advierto que a la vista ya no soy el mismo. Eso sí, la cabeza funciona igual que en el 97 o mejor, eso creo”.
Días más tarde visité a Pepe en su casa, en Almagro. Habíamos quedado para las cuatro y media de la tarde, cuando él terminaba con sus actividades laborales, que se resistía a abandonar aunque el deterioro del cuerpo se lo hiciera cada día más cuesta arriba. Hablamos un buen rato, de mi vida en Nueva York, de fútbol, de política, de periodismo.
También nos divertimos con algunas historias compartidas. Me resultaba asombroso y conmovedor verlo reírse, con tantas ganas, como burlándose de las mangueras de oxígeno enchufadas a sus fosas nasales y que le llegaban desde unos tubos que colgaban de su silla como una pesada mochila.
Por supuesto, tenía intención de repetir el encuentro durante el viaje que hice hace algunas semanas a Buenos Aires. Sin embargo, esta vez nos ganó la muerte, que llegó el 31 de octubre y me privó de volver a escuchar la risa de Pepe. Hoy, 23 de diciembre, cuando José Luis Avigliani habría cumplido 50 años, quise escribir este texto para rendirle homenaje.


Entre las promesas que Obama hizo durante la campaña, hubo una de índole doméstica. Les aseguró a sus hijas, Malia [10] y Sasha [7], que de llegar a la Casa Blanca les regalaría un cachorro como nueva mascota. Una vez electo, el propio Obama dijo que la elección del perro era un tema de debate familiar, que la mayor de sus hijas es alérgica y por eso el pichicho debería ser hipoalergénico. La tapa de la revista 















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